Siempre sera un orgullo para este club que un periodista y persona como LEONTXO GARCÍA hable de nosotros , y de los Etxeberria en su boletín del Pais.

Este ha sido su articulo de hoy …
¡Hola! ¿Cómo están?
Dos noticias de esta semana, una buena y una mala, me sirven de percha para abordar un tema de interés general que es un factor común de ambas: por qué hay tan pocos ajedrecistas (en proporción al número de practicantes y de jugadores de alta competición) cuyos padres o madres también lo son. La buena: este sábado, la alineación del club Xake Ortuella El Peón en la Liga Vizcaína estará formada por el abuelo Tono Etxeberría, su hijo Eneko y sus nietos Ugaitz y Aiur. La mala: ha fallecido Andrés Martínez Cebrián, promotor del torneo español más antiguo y vivo, el de La Roda (Albacete), con 51 ediciones; sus cuatro hijos y dos de sus sobrinos son ajedrecistas.

Vaya por delante que no he realizado un estudio riguroso y profundo sobre el asunto. Pero mi más de medio siglo de experiencia como ajedrecista me dice que la obsesión de los padres por el ajedrez es la causa principal de que relativamente pocos hijos sigan ese mismo camino. Dicho de otro modo: si partimos de que la tendencia general de los hijos es dedicarse a algo distinto a la profesión de sus padres, buscar su camino para distinguirse de ellos y tener una personalidad propia, una dedicación muy intensa al ajedrez por parte del padre o de la madre será muy probablemente un estímulo añadido para buscar sendas vitales diferentes. Sobre todo, si esa intensidad se da en el ajedrez competitivo, que suele ser muy absorbente.
Otra cosa muy distinta es el ajedrez como juego educativo, y eso explicaría -por la información que tengo- los casos excepcionales de las citadas familias Etxeberría y Martínez. Tras escuchar entrevistas con el abuelo, su hijo y sus dos nietos vizcaínos, me queda claro que nunca han buscado producir campeones: el abuelo y el padre dicen que el ajedrez contribuye a la cohesión familiar y a formar un criterio, y los nietos hablan de un entorno muy agradable (la actividad diaria en el club, los viajes y torneos, etc.) y de una vía de superación personal, aunque obviamente les gusta competir y ganar. Visité Ortuella para dar una conferencia en 2018, y doy fe de que todo ello es cierto.
En cuanto a los Martínez albaceteños, la clave está en que Andrés era maestro de escuela y siempre entendió el ajedrez como una potente herramienta educativa. Una de sus hijas, Asun, es muy conocida como árbitro internacional, también lo fue como jugadora y ha sido compañera mía dando conferencias. Los otros tres, Carmen María, Víctor y Andrés han sido o son jugadores de torneos abiertos. Pero en mis conversaciones con ellos -un jueves de finales de marzo de 2024 dediqué este boletín a mi visita a La Roda con Arturo Pérez-Reverte, por el cincuentenario del torneo- siempre sentí que en sus vidas hay mucho más que ajedrez.
Nada que ver con niños y niñas que ven a su padres o madres, jugadores profesionales, obsesionados por la preparación de la próxima partida, deprimidos por la última derrota o eufóricos al día siguiente por la victoria. He pensado en ello mientras repasaba estas listas en Wikipedia. Conozco personalmente varios de los casos citados y he leído mucho sobre otros.
Tengo para mí -aunque insisto en que me falta un estudio concienzudo para poder asegurarlo- que el número de parejas de ajedrez es proporcionalmente mayor al de hijos ajedrecistas cuyos padres también lo fueron. Y lo veo muy lógico: una persona ajedrecista es probablemente quien mejor puede convivir con otra, entender muy bien sus alegrías y depresiones, compartir su pasión a todas horas, amoldarse a los calendarios y exigencias de los torneos, etcétera. Para alguien ajeno a ese mundo de locos felices resulta muy difícil digerir y comprender tanta pasión desbordada.

Y así llegamos a un caso extremo, del que también les he hablado aquí, el pasado 8 de mayo: Anna Cramling Bellón, ajedrecista e influencer muy famosa, hija de dos grandes maestros, Pía Cramling y Juan Manuel Bellón. En este caso, es evidente que Anna vio ajedrez desde que abrió los ojos y viajó con sus padres a torneos desde que era una bebé (fui testigo de ello); y es poco aventurado suponer que en sus 23 años de vida apenas habrá días en los que el ajedrez no haya estado presente, de una u otra forma. Ciertamente, podría haber elegido otro camino para formarse una personalidad muy distinta a la de sus padres, pero en este caso también tiene pleno sentido que siguiera un camino muy similar al de ellos porque siempre lo entendió como una manera de vivir.
En los últimos días hay otra noticia que refuerza mi percha para estos párrafos: el prodigio argentino Faustino Oro -probablemente, el niño de 12 años que mejor ha jugado al ajedrez en la historia- ha visitado en su casa de Oslo al número uno indiscutible, Magnus Carlsen, a invitación de este. Los padres de ambos son ajedrecistas pero, como ocurre en los casos de los Etxeberría y Martínez, y a diferencia de los progenitores obsesos, hay matices de signo claramente positivo en ambos para explicar la herencia.
Ya he escrito muchas veces de lo inteligente que fue Henrik Carlsen, el padre de Magnus, para no insistir cuando, a los cinco años, el niño no mostró un interés especial por el ajedrez. Alejandro, padre de Faustino, recurrió al ajedrez durante la pandemia, como podría haberlo hecho con la Play Station o similares, para que su hijo dejase de poner la casa patas arriba porque no podía jugar al fútbol en la calle. Como le ocurrió a Henrik con Magnus cuando éste le pidió jugar (a los siete años), Alejandro comprobó muy pronto que su hijo estaba superdotado para el ajedrez (y probablemente para otras facetas). Y así empezó todo.
Mi caso es justo al revés. En mi familia no hay ajedrecista alguno. Mi padre estaba muy ilusionado con que yo lo relevase en su pequeño negocio de distribución de productos lácteos. Pero me dio la ventolera del ajedrez, tuve suerte en momentos clave -aunque, eso sí, la suerte me pilló siempre trabajando- y aquí estoy, produciendo mi columna diaria, mis vídeos y boletines semanales, y mis crónicas, entrevistas, reportajes o conferencias cuando toque. Mi hijo y mi nieto conocen el ajedrez, pero nunca les he presionado para que lo practiquen. Y creo que eso contribuye a que nos llevemos muy bien.
Muchas gracias Leontxo ¡¡¡
Ortuellako Xake kluba «El Peón»

